La curiosidad… salvó la enseñanza

La escuela, como espacio de enseñanza y todos los integrantes que formamos parte de ella tenemos la ilusión de mejorar y dotar a nuestros días de dosis de alegría por continuar juntos en este viaje y llegar a buen puerto. Somos los pasajeros del tren, un tren como el famoso transiberiano que el que ha hecho uso de él dice que es una aventura constante, un aprendizaje nuevo cada minuto, observando y disfrutando de tierras inhóspitas y de sus particulares pobladores. Cada situación es nueva, cada momento es único y cada vivencia entra en nuestro cerebro, y tras ese impacto pasa a ser memoria. Los docentes somos ese maquinista, que aunque repite el viaje una vez tras otra, muestra a los pasajeros, en este caso los alumnos, las maravillas del mundo, culturas, lenguas, palabras, números, y siempre dejando con la boca abierta a todos ellos despertando la curiosidad por saber más. En cada estación dejamos que se apeen y disfruten del momento, y al haber puesto en funcionamiento la curiosidad, la atención de los alumnos está en todo aquello que el maquinista quiere enseñar, lugares, gentes o relaciones. El maestro tiene ante sí la oportunidad de conseguir su excelencia, que no es otra que la excelencia de sus alumnos. Y para conseguir ese instante, para llegar a ese tiempo debe mostrar al alumno, debe invitarlo a aprender, debe favorecer su curiosidad porque en ella lleva implícito el aprendizaje. Hubo un momento que la curiosidad mató al gato, pero ahora estamos en el momento en que la curiosidad del alumno salve la enseñanza.

20140102-225416.jpg